jueves, 26 de febrero de 2015





LOS MONTES DEL PINDO:

SUBIDA A LA MOA y
AL PEÑAFIEL




Los montes del Pindo son una mole de granito rosáceo que asciende bruscamente hasta alcanzar, en su cumbre más elevada, A Moa, los 641 metros de altitud sobre el nivel del mar. Curiosamente, dicha cumbre ofrece un aspecto suave y redondeado que le da nombre (“moa” significa muela en gallego), haciéndose destacar, por tal motivo, del resto del conjunto, de perfiles más abruptos y hondonadas encajonadas, tapizado por variedad de piedras de diferentes tamaños que, en muchos casos, parecen burlarse de la fuerza de la gravedad por su inusitada disposición. Los espacios llanos son raros y reducidos, por lo que su población animal es escasa, acrecentándose la sensación de soledad al tiempo que vamos ascendiendo. Tampoco existe poblamiento humano y tan sólo algunos restos pueden hacernos pensar en asentamientos pasados muy reducidos y, posiblemente, estacionales, quizás algunos pastores que llevarían su escaso ganado a saborear los pastos en épocas estivales. Podríamos citar también restos de una pequeña ermita cerca de la Moa, y cerca del pico de Peñafiel, y quizás del Pedrullo (montes que mencionaremos más adelante), los habitantes de pequeños castillos o torreones fortificados en época medieval.
          Pero esta ausencia de poblamiento constituye, junto a lo agreste del entorno, el contexto para otro tipo de población, más esquiva y no en todos los casos amigable, pero fruto de la rica imaginación popular. Así, los mitos y leyendas tuvieron amplia acogida en este peculiar mundo pétreo. Los dioses celtas y romanos, de tal manera, acabaron teniendo por vecinos a un variado repertorio de brujas, duendes, gigantes y espectros que allí tenían su morada, unas veces permanente y otras ocasional, aunque, eso sí, de manera cíclica  y recurrente. Los montes del Pindo constituyen un entorno extraño en tierras que, en general, presentan un aspecto amable, suave y ondulado, uno de los tópicos característicos de la verde Galicia.

        Esta mole granítica constituye un mundo de extrema belleza, y que llama poderosamente la atención. Casi se diría que nos habla, en un idioma perdido en el fondo del lejano pasado, pero del cual aún nos llegan ecos que quizás nuestro espíritu pueda recoger y posiblemente interpretar.
          En épocas pasadas esta mole era contemplada con una especie de temor reverencial y como si de un fabuloso ser se tratara, era merecedora de consideración respetuosa y en las noches de luna llena, se percibían sus mágicos latidos y todo era posible junto al fuego de la lareira, cuando los viejos, con sus cuentos, llenaban el mundo de historias fantásticas de una realidad deslumbrante.
         Algunos miramos para estos montes con mucho respeto, pero con profundo amor. Por eso pensamos que es fundamental su conservación  del modo más natural posible. Tratándose de parajes desiertos, cualquier objeto abandonado se convierte en fuente de alteración del medio y en un riesgo potencial para el paisaje y para los seres vivos que lo habitan. No hay servicio de limpieza en estos lugares  por lo que recomendamos no dejar nada tirado, sea lo que fuese.


CONSEJOS PRÁCTICOS
          Los caminos del Pindo transcurren fundamentalmente por sendas y caminos estrechos. Es muy difícil, por no decir imposible, cubrir su trazado en bicicleta, debido a la dificultad de gran parte de su recorrido y al desnivel de algunos de sus tramos, por lo que es un camino para hacer únicamente a pie. Es preciso, dependiendo de la época del año y del estado del monte, avanzar entre tojos y vegetación arbustiva, así como subir algunos pedregales. Por todo eso, es aconsejable llevar un calzado cómodo y resistente, preferiblemente botas de montaña que protejan los pies, sobre todo de posibles torceduras (muy peligrosas en la bajada). Debido a la longitud del camino es muy importante llevar comida y bebida, teniendo cuidado de bajar los restos (envoltorios y envases) para dejar limpio el camino; así como contar con un día soleado, sin peligro de nieblas o nubes y calcular las horas de luz necesarias para regresar antes del ocaso.

NOTA GEOLÓGICA
         Todo el macizo del Pindo forma un conjunto granítico interesante y original, aparecido en la superficie terrestre hace cientos de millones de años, durante el plegamiento herciniano. El color rosado de su granito es debido quizás a la presencia de compuestos de hierro como impurezas de los minerales que forman sus roquedales.
         Después de formarse, el granito se vio sometido a numerosas y potentes tracciones y compresiones debido a los movimientos de la corteza terrestre. Debido a ellas, y también a la composición química de sus minerales y su distribución en la roca, aparecen unas hendiduras o grietas que lo cuartean, llamadas diaclasas. En estas grietas es donde la erosión física (agua, viento, frío, calor…) y la química (acción disolvente del agua, ácido naturales que atacan a la piedra, musgos, líquenes,…) son más fuertes, haciendo que, a medida que pasa el tiempo, se hayan redondeado las aristas de los bloques.
          Los especialistas no se ponen de acuerdo sobre la explicación de la altura del macizo sobre las tierras de su entorno, y así como algunos hablan de movimiento de elevación, otros hablan de dureza del material que evitó su desgaste. Este granito es de una dureza particularmente alta, quizás debido a la presencia de diaclasas curvas que facilitan, cuando aparecen horizontalmente, el deslizamiento del agua y la disminución de la erosión.

         Las diferencias en la dureza del granito provocan formas que la imaginación humana atribuye fácilmente a la obra de antepasados desconocidos o quizás en otras épocas, a la intervención de agentes sobrenaturales. Igualmente, la formación de “pías” se debe a un origen similar, la descomposición química de la roca granítica. Se trata de concavidades formadas en el sentido de la gravedad debido al proceso de la “caolinización” del granito, los granos de feldespato varían químicamente, desagregando la roca.
1           SUBIDA A LA MOA

           El punto de partida del recorrido se halla en una pequeña explanada vecina a la iglesia parroquial del Pindo. Al fondo de este espacio comienza un estrecho camino de tierra y piedras, una vez que salvamos el pequeño obstáculo de un pequeño riachuelo. Una roca bien visible en el medio de su curso nos lo facilita.
           Los primeros metros de salida, entre piedras de cercados (incluida una pequeña edificación abandonada) y vegetación arbustiva, son cómodos, ya que podremos disfrutar de una sombra acogedora. Según vamos subiendo, podremos observar a nuestra izquierda, sobre el pequeño riachuelo que acabamos de atravesar, los restos de algunos molinos de aguas, hoy abandonados.
          Aproximadamente después de recorrer unos cuatrocientos metros, nos encontraremos con una bifurcación con dos caminos de similares características, debiendo, si es que no queremos descender hacia el torrente, optar por el de la derecha. El camino aquí mantiene más o menos las mismas características mencionadas, discurriendo entre cercados de piedra y pequeños arbustos, entre los que destaca el laurel, además de algún que otro grupo de pinos del país. Si nos fijamos, también podremos observar alguna mata de acebo.
EL OLIMPO CELTA
          Algo más arriba el entorno comenzará a cambiar poco a poco, ya que estos cercados irán dejando su puesto a pequeños promontorios de granito que en ocasiones bordean el mismo camino, constituyendo en algunos casos paredes rocosas. Si observamos algunas de estas agrupaciones, siempre hacia nuestra derecha, veremos curiosas formas fruto de la erosión. Como antes explicamos, las diaclasas del granito presentan bordes pulidos por la erosión que sin esfuerzo podríamos asimilar a formas humanos sobre la superficie de la roca, en especial rostros, así como otras imágenes más o menos fantasiosas.
          Esta zona es la llamada “Olimpo Celta”, por existir cierto tipo de tradición culta que atribuye a hipotéticos antepasados su elaboración. Diaclasas, erosión y un poco de imaginación constituyen la base de esta estimulante leyenda.
          Pronto tendremos que atravesar el torrente, esta vez en dirección contraria, hacia nuestra izquierda, en un pequeño llano tapizado por la hierba. Tampoco habrá complicación en este momento, pues las aguas no siguen una línea concreta, y conforme nos aproximamos a épocas calurosas, las más apropiadas para la ascensión, irá convirtiéndose como mucho en una parte del terreno algo más embarrada que el resto. A partir de aquí iremos perdiendo el camino, que hasta el momento era perfectamente reconocible. Podremos seguir algún estrecho cauce o sendero abierto por las aguas torrenciales entre la baja vegetación ya sin apenas árboles o arbustos. Inevitablemente acabaremos divisando delante y hacia la derecha el pico del “Pedrullo”.



EN EL PEDRULLO
           Pronto nos daremos cuenta del por qué de este nombre; en su ladera oriental (la contraria al mar) veremos aparecer poco a poco una enorme cantidad de piedras diseminadas por todas partes y que parecen formar una especie de cascada granítica siguiendo la pendiente.
          Se trata de los restos de una edificación, seguramente un pequeño castillo que podría ser el castillo de “San Xurxo”, del cual existe alguna oscura referencia en la documentación medieval acerca de estas tierras. Si tenemos curiosidad en contemplar sus restos, podremos descubrir algún pequeño pozo entre las piedras, así como algunos restos de muretes. Desde cerca de su cumbre podremos comprobar la preciosa panorámica que se divisa de este sector de costa.
          La cima del “Pedrullo”, con 274 metros sobre el nivel del mar, también recibe el nombre de “O Casteliño”, al parecer un topónimo más antiguo que haría referencia al castillo medieval que allí debió de existir. Por el tamaño de la acumulación de piedras, podría tratarse de un pequeño torreón de vigilancia. Existen referencias escritas a donaciones de este castillo junto al de Canetum, probablemente en la aldea de Canedo), desde el siglo X hasta el XIV.
         Seguramente fue levantado como torre de protección y alerta frente a los ataques viquingos y quizás tendrían una apariencia similar a alguno de los torreones de las “Torres do Oeste” en Catoira. Este castillo de “San Xurxo” vuelve a figurar en documentos relativos a la destrucción de castillos durante la revolución “irmandiña” (levantamiento campesino contra la nobleza feudal ocurrido en Galicia en la segunda mitad del siglo XV) y se sitúa en el año 1467 el momento de su derrumbamiento por los campesinos armados en armas.            
          Cerca del Pedrullo” podremos encontrar algo más adelante, en la dirección del camino por el que subimos un pequeño montículo conocido por el nombre de “Alto Onde se Adora”, que posiblemente haga referencia a algún tipo de culto relacionado con los astros. Desde la cima del “Pedrullo” podemos contemplar una buena perspectiva sobre la aldea de Quilmas, y sobre el mar circundante, los islotes rocosos de “As Lobeiras” y “Os Carromeiros”.
EL “OUTEIRO NARÍS”
           Retomando de nuevo el camino, que giró súbitamente a la izquierda (en relación al camino que traíamos de más abajo), nos encaminamos directamente hacia las cumbres más elevadas del macizo.
          Después de un pequeño trecho prácticamente llano volvemos a ascender. Pero antes tenemos que prestar atención para no desviarnos nada más comenzar la ascensión, pues deberemos encontrar el camino que discurre más a la derecha (sin que tengamos que descender). Éste forma una curva amplia hacia nuestra izquierda y nos lleva a subir lentamente entre vegetación arbustiva, compuesta de retamas y no exenta de algunos tojos. El camino de subida es ahora zigzagueante, al objeto de salvar la pendiente de manera menos penosa.
           En su cima podremos observar a nuestra derecha un curioso montículo de granito. Es el “Outeiro Narís” (narís significa nariz), así llamado por la curiosa forma de nariz tumbada que presenta. Ya arriba habrá que salvar un pequeño muro de piedra medio derruido, levantado para impedir el paso de los caballos que pastan libremente por estos montes.
         Sin perder la dirección que llevábamos seguiremos por un estrecho camino entre retamas y algún que otro pedrusco de granito sobre terreno llano. Pero pronto comenzaremos de nuevo a ascender en zigzag pudiendo observar algún roble común o algún laurel. Algo más arriba, todavía subiendo, el camino deja de quebrarse y adopta una línea recta, aunque poco a poco el camino se ira difuminando. Sin embargo, no nos podemos perder aquí, pues las masas graníticas a ambos lados del paraje que transitamos no nos lo permitirán. Domina ahora el pino del país. En el suelo veremos grandes cantidades de cuarzo desperdigado por todas partes. Nos hallamos por encima de los 500 metros de altitud, en una especie de circo con una ligera pendiente hacia nuestra izquierda. Ya desde aquí podemos divisar nuestro objetivo, allá arriba, con respecto a nuestra izquierda, una masa de granito redondeada y de color ligeramente más claro que el resto. Su nombre, “A Moa”, al compararlo con nuestra visión, comienza a adquirir significación (recordemos que “Moa” significa muela). Pero antes de seguir ascendiendo podemos echar una ojeada a nuestro alrededor, o incluso realizar una exploración del espacio que acaba de abrirse ante nosotros, pues el pequeño, aunque no por eso poco espectacular circo, guarda algunas sorpresas.


 EN EL “CHAN DE LOURENZO”

          Aparte de la impresionante panorámica del valle de Carnota allá abajo, con un dominio perfecto del arco de la playa, descubriremos a nuestra izquierda amontonamientos de pequeñas piedras blancas en algunos lugares así como un estrecho canal de agua que pasa por debajo de una muralla de piedra con sus losas perfectamente encajadas unas en otras. Se trata de los restos de una antigua extracción de wolframio, que las mujeres y hombres de la costa, especialmente del Pindo, allá por la década de los años treinta y cuarenta, encontraron como manera de complementar su modesta economía, suministrando un mineral imprescindible en aquel momento para las grandes potencias militares implicadas en la Segunda Guerra Mundial, el wolframio, que era un componente sumamente importante para los respectivos materiales bélicos.
          También podemos hallar otros restos, más tradicionales. Así, veremos los restos de una pequeña cabaña de piedra, ya sin tejado, utilizadas como refugio de los pastores que, en tiempos, llevaban su ganado hasta estos parajes de extraordinaria belleza.
       Una vez reiniciada la subida, encontraremos una curiosa figura, esta vez por obra exclusiva de la naturaleza, el granito, la erosión y la imaginación. Una especie de coloso de piedra, llamado “El Guerrero”, parece vigilar el camino hacia la cumbre.
LLEGANDO A LA MOA

           A partir de aquí empezamos a ascender en suave pendiente hasta alcanzar un pequeño espacio arbolado, en la dirección de la deseada cumbre. Atravesándolo y girando hacia la derecha encontraremos un estrecho camino que sube bruscamente entre peñascos, de nuevo en línea quebrada. Ahora abunda especialmente el roble. Pero, cuidado, no derivemos a la derecha, pues perderíamos el camino, acabando en lo alto de una abrupta pared que mira al vacío.
           Sin desviarnos, pues, seguimos subiendo. Al final de esta corta subida, y tras atravesar de nuevo otro cercado ya casi totalmente derruido, descenderemos suavemente para que, de nuevo, nuestro camino se dirija hacia nuestra izquierda, bordeando ya la cumbre de la Moa.
          Circula una tradición de origen culto acerca de la cima de la Moa y de los picos cercanos como el del Peñafiel que los relaciona con unas “Aras Sagradas” o altares consagrados en época prehistórica a distintas divinidades y que los romanos dedicaron a su vez a marte, el dios de la guerra, rebautizándolas con el nombre de “Arae Sestianae”, de las que habla Plinio en su Naturalis Historia.
          La ladera practicable, por la que es más fácil coronar la cima, es la oriental, la contraria a la cara que mira al mar. Tras una corta subida ya estamos preparados para culminar nuestra excursión. Hacia el fondo pequeñas losas nos indican la manera más sencilla de alcanzar la cima, pues la piedra forma una especie de toscos escalones que no tenemos más que seguir para hallarnos inesperadamente en la cumbre: una superficie de granito plana que se extiende ante nuestros ojos. Efectivamente, acabamos con las penalidades y tan sólo tenemos que prepararnos para deleitar nuestra vista ante el fantástico espectáculo que nos espera.

2           SUBIDA AL “PEÑAFIEL”

           Para este recorrido tendremos que utilizar en una primera etapa un medio de locomoción distinto de nuestras piernas, puesto que tenemos que desplazarnos exactamente a la otra vertiente del macizo del Pindo, ya que lo coronaremos desde tierras del ayuntamiento de Dumbría, concretamente desde una pequeña aldea llamada O Fieiro.
          Para llegar hasta allí podemos subir por el pueblo de Ézaro (desde la desembocadura del río Xallas, al lado de la central eléctrica). Cruzaremos la presa del río y a continuación nos encontraremos con el lugar de O Fieiro. Aquí ha de quedar nuestro medio de transporte, preferiblemente en un pequeño descampado que encontraremos al llegar a esta aldea (hay un pequeño parque infantil). Nos encontraremos ante un monte situado a bastante menos altitud que el de la Moa (unos 350 metros) pero sin duda más agreste. Contemplado ya desde aquí nos muestra su fiero y orgulloso aspecto. 
         Allá arriba culmina en un estrecho casquete coronado por un promontorio de reducida superficie. Al contemplarlo, sin duda nos preguntaremos por su accesibilidad, ya que desde aquí no parece tarea fácil llegar hasta él.
         Ateniéndonos a lo que históricamente sabemos con certeza existen indicios de que en su cumbre o muy cerca de ella existió un castillo roquero que sería destruido durante la revolución irmandiña, en el siglo XV.
           Además de que su propio nombre, Peñafiel, ya nos lo sugiere, contamos con documentación histórica que avala su existencia, aunque carezcamos de vestigios materiales, y a pesar de la contradicción de otras fuentes que hablan únicamente de dos castillos o torreones en las tierras de Carnota en otras ubicaciones.
          Seguramente se trató, por supuesto, de un torreón de modestas dimensiones, pero que podría ser defendido fácilmente debido a su imponente emplazamiento. En el momento de su destrucción, fue necesaria la colaboración de más de 300 personas, a pesar del reducido número de sus defensores. Algunos años antes, estos moradores fueron capaces de mantener en estado de alerta permanente a los habitantes de toda la comarca. Como veremos, tan solo disponía de un camino de acceso, aunque empedrado hasta más de media altura.
          COMENZANDO EL CAMINO

            Si queremos acercarnos al inicio del itinerario debemos descender desde Fieiro hasta la base del monte. Es preferible bajar un poco por la carretera que nos condujo allí y tomar el segundo camino de tierra a mano izquierda que nos llevará hasta un breve cortafuegos por el cual bajaremos hasta llegar a un arroyo que señala el linde entre los ayuntamientos de Mazaricos y Carnota, junto a la base del Peñafiel. Una gran losa plana hace de puente para atravesar la pequeña corriente.
           A partir de aquí, entre la vegetación, parte un camino, que dirigiéndose inicialmente hacia la izquierda, pronto toma la dirección contraria y comienza a ascender en busca del objetivo deseado.
           El camino, aunque estrecho, está empedrado y va salvando la altura cómodamente. Cerca de los 300 metros de altitud se pierde el empedrado y nos encontraremos con que no hay un camino definido debido a la vegetación rastrera entre la que dominan los tojos. La cumbre deberá quedar siempre a nuestra izquierda, pues no debemos sobrepasarla en esa dirección.
         Muy pronto llegaremos cerca de la cima a una planicie desde la cual tendremos a nuestro alcance la vista del casquete que nos disponemos a coronar. En frente a esta superficie podemos observar la fantástica panorámica que se nos ofrece, allá abajo el estuario del río Xallas y Ézaro, de frente el cabo Fisterra y más allá el océano.
        Desde aquí la cima nos parecerá de dificultoso acceso ya que la pendiente se hace ahora muy pronunciada. Pero merece la pena que continuemos ascendiendo porque aún nos espera lo mejor. A simple vista parece que sólo se puede subir a lo largo de una estrecha línea y estamos en lo cierto, porque por ahí hay que comenzar a subir. Seguirá un trozo de camino con gran pendiente que hay que salvar de la mejor manera posible. Los que no tengamos costumbre quizás tendremos que superar una pequeña sensación de vértigo al principio.

LAS LETRAS EN LA PIEDRA

           Al final de este trecho de tierra llegamos a la roca desnuda. Es preciso avanzar hacia nuestra izquierda unos metros para después subir por la losa que asciende en suave pendiente ligeramente orientada a nuestra derecha. Llegando al final de ésta encontraremos en la misma superficie de la roca una inscripción grabada, quizá la estemos pisando sin darnos cuenta.
          Sobre esta piedra se aprecian con claridad un grupo de letras que en conjunto parecen agruparse formando un mensaje incomprensible para nosotros, en parte porque están algunas letras desfiguradas por la erosión, pero fundamentalmente porque están escritas en latín medieval, plagado de iniciales, aunque se acierta a descifrar alguna palabra completa.
         Este grabado no está interpretado en su totalidad de manera definitiva pero se conoce su idea global. Parece ser que se trata de una inscripción excomulgatoria mandada grabar por el arzobispo de Santiago en el siglo XII contra el dueño de un castillo cercano, Rodrigo Pérez de Traba, que se haría merecedor del anatema por haber agredido y prendido al Arcediano de Trastámara, Arias Muñiz.

        Siguiendo nuestro camino, una vez dejadas atrás las letras grabadas en la piedra, no nos queda más que continuar salvando altura hasta llegar por fin a la cima del monte.

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